miércoles, 31 de diciembre de 2014

Cerrando el año

2014 empezó con una resaca de tres días y mi nombre encabezando un grupo de Whatsapp en reconocimiento por tamaña gesta. Enero trajo una bicicleta y un par de hostias. Febrero fue más generoso y me dio la oportunidad de demostrar que el conejo siempre está más rico que el pollo y de regalar un abrigo rojo. Con el final del primer cuatrimestre tuve que despedirme de los que han sido mis primeros alumnos, aunque me queda la duda de si realmente el alumno fui yo.

Para poder salir del país corrí con un compañero una maratón de ventanilla en ventanilla como si de irreductibles galos fuese la cosa, pero una vez acabados los trámites mereció la pena. Vi París en primavera desde una buhardilla. Vivía en una especie de castillo que debe de ser lo más parecido que existe a un internado para magos. Enamorado, le enseñé la ciudad a la chica del abrigo rojo. La llevé a ver fuentes que bailan en Versalles, a lo más alto de la Torre Eiffel, a un parque con patos y a ver una ópera ridícula.

Se fue y seguí allí conociendo a gente maravillosa que, en infinitas sobremesas y paseos, me descubrieron a Hannah Arendt, el arte medieval, cómo cocinar el confit de pato y el impresionismo. Mientras, en España, cambiaban reyes y se ponían de moda los políticos con coleta para darle contenido a las tertulias. En una expedición me encontré casi por casualidad con la cosa más fascinante que han visto mis ojos: los cuadros de un señor que pintaba el cosmos en sus nenúfares. En San Juan hicimos una pequeña hoguera con nuestros anhelos porque también en París hay playa, solo que tiene adoquines encima. Me despedí de aquella ciudad y de aquellos viejos amigos recién conocidos descorchando una botella junto al Sena de la que todavía conservo el corcho.

Al volver a casa la chica del abrigo rojo todavía no había vuelto, fui a llevarle tabaco al sitio del que viene la niebla pero ya no la conocía. Luego descubrí que había decidido empezar de cero en otra realidad con menos suerte que en esta. Volví antes de lo esperado y llegó el verano. Fui a escuchar música barroca en un pueblo con castillo, bajé al fondo del mar y en feria estuve en el peor concierto que recuerdo.

Jugué, y juego, al fútbol los martes por la tarde y he descubierto que siete también es un número bueno para hacer equipos. Entre las clases y los cafés recuperé las fuerzas que se me habían perdido entre tanto viaje. Celebré mi cumpleaños en 1900 y acabé apuñalado con un abrecartas por uno de los invitados. Fui una semana en Madrid a ver papeles y amigos y me alegró ver que hay cosas que con el paso del tiempo en vez de estropearse aumentan su valor.

Ese ha sido mi año. Gracias a todos los que habéis participado de una manera u otra y feliz 2015.

2 comentarios:

Marylow dijo...

Bonito texto Paco, no conocía esta faceta. Feliz 2015, te deseo todo lo mejor.
Pd: No puedo dejar la oportunidad de dejar un comentario troll. En esa Noche Vieja de 3 días de resaca, recuerdo que dije "Paco te va a potar, Juanfra" y 5 segundos después, apoyado en su hombro llevaste a cabo la acción. Precioso.

Juan F. Colomina dijo...

Pues sí, has tenido un año movidito pero ya sabes, con el otoño las hojas caen y en primavera vuelven a crecer. O te puedes ir al fondo del mar con Bob Esponja y Patricio, que seguro que te diviertes. Y hoy, por favor, pota a otro. Un abrazo campeón ;)